jueves

CLIENTES FILÓSOFOS, COMERCIANTES PERPLEJOS

No quiero empezar en plan Entuertos en la tercera frase, pero el ser humano es una fuente inagotable de enigmas insondables. A los clásicos misterios de ayer y hoy —Eleusis, los calcetines desparejados, qué hacen los hombres en Marte o por qué a las solteras les salen escamas— se nos van sumando temas crujiales, mucho más apremiantes que las partículas fundamentales.
Se nos amontonan los misterios. Del actual homo económicus no hacen más que manar interrogantes, así que el eslabón perdido apenas interesa ya a la ciencia. Sí, nunca en la historia de la humanidad el comportamiento humano ha resultado tan intrigante. Es una pena para el desarrollo científico, pero, con la que está cayendo, ¿a quién le urge saber cuántos grados hace en Marte o cuánto se ha expandido el universo últimamente?
Mientras tanto, ¡oh, sorpresa!, un nuevo movimiento intelectual aboga por un retorno a la Edad de Piedra (y el vintage). Vuelven a estar de moda las barbas, los jerséis que pican y los quesos. Sin querer faltar a los amigos de los animales, podemos imaginar que plumas y pieles mitigarán la incomodidad de la cueva. Y si nos hemos de acostar con el sol, lo haremos. We promise, a cambio de un poquito de asueto existencial, Internet y unos cubatas. Pedimos poco porque hace tiempo que nos venimos preparando —ya nos hemos depilado todo menos la cara (por si nos faltan bufandas) y nos hemos acostumbrado a la comida bio, las cervezas artesanales, el download y el trueque.
Por cierto, queridos científicos en el exilio, ¿vamos a morir anegados o se nos va a llevar una ventisca como a la del cuento? ¿Nos vamos a extinguir sin saber por qué, como los dinosaurios? ¿Cómo vais de tecnología puntera?, ¿os queda algo? ¿Seguís investigando en la máquina del tiempo? ¿Existen universos paralelos? Aquí en la Tierra, Fidel Castro no se muere, para ver cómo el capitalismo agoniza de éxito, sin sindicatos que valgan ni reemplazo que eche una mano.
Mientras el último dinosaurio se aferra, hace ya que aprendimos en carnes propias que la idea de progreso, como la de civilización, es un engaño. Nunca llegan. Con Internet o sin, nos matamos y violamos todo el rato, desde antes de los persas. Máquinas a Plutón, sí, pero, como en la época feudal, los ricos lo siguen siendo mucho y los pobres, también. Así que mejor llamemos a las cosas por su nombre y volvamos a la cueva fresca.
Nos lo están poniendo fácil. El Planeta de los simios ya está a la vuelta. La ciencia ficción más agorera se ha quedado corta de miras para el siglo XXI. El planeta está cada vez más pelado y se nos funden los casquetes. La pobreza y el desastre natural crecen around the world. Se nos abre el suelo bajo los pies y no ganamos para sustos, físicos y metafísicos. ¿Así que para qué queremos tanta tecnología y apariencia?
Nos sobra, oh, paradoja, tanto vacuidad, como inútiles sociales. Tenemos excedente de parados sobradamente preparados, de suicidios, de muertes, de mártires y de guerras, de terribles migraciones y de paraísos fiscales. (¿Los mandamos a Marte?) Ya tenemos bastante con diluvios y huracanes. Aquí sólo queremos trabajar para propagar nuestros genes tranquilamente y seguir adelante, con las estaciones cambiantes.
La Tierra está enfadada, y con razón, y no puede hacer otra cosa que devolvernos lo sembrado. No es qué la maltratemos, que también; es que nunca ha contenido tantos desmanes. Si Nabucodonosor levantara la cabeza, ya quisiera para él semejantes corruptelas. La verdad, no sé si es mejor ser esclavo en el Imperio romano. Podrías no tener futuro, pero, por lo menos, tenías un presente o unos leones a los que enfrentarte.
Desde La Ruta de la seda, los de a pie andamos a trompatalega, tratando de no caer, levantándonos una y otra vez, buscando un lugar mejor, una oportunidad, dos, tres, cien, mientras los que llevan el mando nos lo ponen más difícil todavía y se ríen de nuestras desdichas. No les importa en absoluto la consecuencia de su riqueza. No somos nadie; apenas ridículos muñequitos en su pantalla. Y se creen más —aunque la masa los ganemos—. ¿En qué pueden competir?, ¿en arreglitos y posesiones? ¿Cuánto bolsos de Fuitton quieren comprar? ¿Con cuántos aviones, cochazos, palacios y retoques tienen suficiente? No tienen. Solo codicia. Ni siquiera errores morales.
No aprendemos; los humanos nos repetimos más que el ajo, aunque vayamos a Marte. Como novedad, el capitalismo, con sus periódicas crisis y resurgires, nos ha explotado en toda la cara. Además de esas revitalizantes crisis —a las que es imposible acostumbrarse—, el capitalismo, en su magnificencia y caída, hace tiempo que va de «Salva tu propio culo» y «Compra, compra y compra».
El culo no lo hemos salvado y, con este último crack diabólico, apenas podemos comprar, así que andamos muy desnortados, y muchísimos, desesperados o fuera ya de este mundo. El capitalismo está enfermo de empacho y los valores cambiando, pero los recambios todavía no han llegado. ¿Se renovará el capitalismo? ¿Cambiarán las reglas de juego? ¿Será otro el juego?
En el supuesto primer mundo, los buenos y obedientes civilizados aprendimos a comprar, comprar y comprar, lo necesitáramos o no, y, ahora, nos quitan el caramelo de la boca. Clase media para qué os quiero. Pobretones, desapareced, o mataos entre vosotros. Todo, porque los ricachones vacíos y envidiosos quieren abrir un abismo entre nosotros y ellos. Se trata de un auténtico apartheid, donde pronto vallarán con alambre de espino el centro de las ciudades con sus tiendas para ricos.
Y mientras en el primer mundo falta cash pero sobra ropa y comida, nuestros vecinos se mueren de hambre, en guerras, por falta de medicación o intentando llegar a la supuesta promesa occidental, donde los van a tratar, básicamente, mucho peor que a nuestros yorkshires. Como vienen huyendo y son morenitos…
Aquí, el groso de la sociedad educada en el consumismo, paradójicamente, ya no puede comprar, comprar y comprar las zanahorias capitalistas que nos siguen poniendo delante. Pero, como el humano es un animal de costumbres, seguimos yendo de tiendas, la mayoría de las veces, a desear. O a coger ideas. O a dar que pensar.
Muchos excapitalistas están protagonizando extrañas escenas en los comercios, que nada tienen que ver con «ir de compras». Los que antes eran respetables consumidores se han convertido en auténticos agitadores. ¿Será que se huelen el fin del capitalismo y se vengan en las tiendas? ¿O simplemente tienen mono porque no pueden consumir su droga ni esnifar su perfume de cien euros?
Una jubilada antes acomodada, un señor con blazer de cuatro botones o un sosoman de lo más corriente son capaces de cometer supinas extravagancias, que luego parecen no recordar. ¿Deliran? ¿Pierden la cabeza? ¿Cómo pueden cambiar tanto de comportamiento al entrar en los comercios?
Un amigo neurólogo dice haber comprobado científicamente que, expuestos a un entorno comercial, en el cerebro de los exconsumidores se producen azarosas conexiones. Ante el deseo intenso de comprar (algo, lo que sea), sus neuronas chisporrotean, saltan a lo loco y se vuelven a conectar arbitrariamente. Como en el juego de las sillas, pero con neuronas. Y siempre queda una suelta, que finalmente fenece de aburrimiento. Resumiendo, según esta teoría muchos capitalistas faltos de capital se han iluminado, a la vez que van perdiendo neuronas de salto en salto. O a la inversa.
Y no, no es que padezcan el Síndrome de los Números Rojos (SNR) o No hay Visa que Valga (NHV), que también. La grave crisis económica lo que hace es azuzar sus consternados cerebritos, produciendo brincos neuronales y nuevas y originales conexiones al azar. Con el declive de la era capitalista, viendo todo lo que no se pueden comprar, a ellos se les encienden las bombillas sin parar. El interior de esos cráneos está más iluminado que la Feria de Sevilla.
Con pocas o muchas luces, lo que sucede en la mente de los últimos capitalistas es un asunto muy serio, digno de analizar. Como no puedo meterme en ninguna cabeza a medir amperios, me he limitado a realizar una investigación de campo sobre sus caóticos y originales comportamientos. Fue relativamente fácil: Me tiré a la calle, los observé y, como ellos, tampoco compré.
Recogidas y analizadas todas esas experiencias, ahora puedo decir que «ir de compras» es una manera de salir a desear y, de paso, filosofar. La tercera guerra financiero-mundial, digo La Crisis, está directamente relacionada con este renacer de la filosofía peripatética. La diferencia, veinticuatro siglos después, es que ahora paseamos y filosofamos con la excusa de (no) comprar. Dinero no tendremos, pero siempre nos quedará el filosofar. Ricachones, ¡quién se pica, ajos come!
Los posposmodernos —no es una errata— somos pobretones... y alumbrados. Y también mentimos como bellacos. Decimos que vamos de compras, pero lo que hacemos es molestar y dar que pensar —la tarea de la filosofía— a los humildes trabajadores que perviven tras cajas y mostradores. Veamos cómo se comporta un cliente-filósofo en una librería: 
—¿Todos los libros están ordenados? —pregunta.
—Pues sí.
—Ajaaaaaaaa... —contesta dedito en ristre, alejándose de lado como los caballos jerezanos.
El librero se queda plantado, mirando el vacío que ha dejado delante del mostrador.
—Ujuuum —replica acariciándose la perilla (todos los libreros llevan perilla). «¿Entonces a qué ha venido —se pregunta—, a pasar el rato o a incordiar?»
A las dos cosas, pero, sobre todo, a hacer pensar, que para eso es filósofo.

—Buenas, busco un libro —dice otro peripatético de la misma línea.
—¿Uno cualquiera?
—No, uno con letras.

Y en la librería Sólo libros:
—Buenas, ¿tienen tarjetas de felicitación?
—No, aquí sólo vendemos libros. 
—¿Y cartulinas?
—No, aquí sólo vendemos libros.
—¿Y pegamento?
—No, aquí sólo vendemos libros.
—Ah, ya, ¡claro! Aquí sólo tenéis lo justito…

 —¿Y recargas para móvil?
—Aquí, en la pared... «metiendo los dedos».

Después de un pequeño rifirrafe con el caballo jerezano —ha exigido un libro con mucho tema, letra muy grande y que no abulte—, este gran filósofo ha decidido seguir trotando por la librería. Sigue de lado, admirando las estanterías de arriba abajo y de abajo arriba, bajo la atenta mirada del librero, que no se fía de él. Y es que, para muchos filósofos, las librerías son lugares de culto que se merecen varios paseíllos y, por lo visto, algo de exhibición ecuestre. De ahí lo de clientes peripatéticos.
Éste sólo ha venido a piafar un ratito mientras se da un garbeo metafísico, la actividad del peripatético, que no va a comprar, como digo, sino a incomodar con preguntas filosóficas. Cuando se va, el Centauro le comenta al librero con un guiño de complicidad:
—¡Vaya!, ¡cuántos libros tiene! —Conclusión a la que ha llegado después de mucho observar de lado con la pezuña en la barbilla—. ¡Le habrá llevado mucho tiempo conseguirlos!

Y ¿cómo fue que los últimos capitalistas empezaron a filosofar? ¿Es que una vida a la deriva, sin rumbo —no hay compras— conduce inexorablemente a la reflexión? Eso parece. Con tanto vacío materialista nos ha dado por pensar. La falta de dinero y las iluminaciones mentales han propiciado un renacer del pensamiento en las tiendas. ¡Alegría! El Siglo de las Luces ha vuelto. (Lo que falla son los probadores, apunta mi madre.)
Es así, sin dinero, los últimos materialistas se dedican a peripatear. Muchas veces plantean cuestiones vacías, cuya respuesta les tiene sin cuidado, a lo zen. Suelen desaparecer tan rápidamente como habían entrado. Como digo, no compran —no pueden hacerlo y hace tiempo que lo saben—. Tienen otra misión, la filosofía. El siguiente es un filósofo chino en una juguetería.
—¿Tienen juguetes para regalar?
—Sí. («Claro.») ¿Para qué edad?
—Para ninguna. Se gira y se va.
Por supuesto, la dependienta se queda a cuadros, filosofando.

Una socrática bajita (y comadrona) se acerca sigilosamente al mostrador de una mercería. De puntillas, pregunta:
—¿Tienen cremalleras para vender?
«No, las tenemos para guardar. Está usted en el Museo de la cremallera y el punto de cruz.»
—Pues deme doce.

Con el mismo planteamiento, un cínico entra en una librería y planta un codo junto al ordenador, para sorpresa del dependiente:
—¿Libros de leer tienen?
«No, son de mentirijilla. Los puede elegir por colores y conjuntarlos con las cortinas y el sofá.»

Una parejita se acerca al mostrador de una librería. El chico mira a su novia con amor. Minutos después, levanta la cabeza y pregunta a la vendedora:
—¿Tenéis algún libro para su madre?
—No tengo el gusto —responde la librera.
—Bueno, pues ponme La pensión turca, ¿te suena?
«Me suena. Pero, para la cachonda tu suegra, mucho mejor y más actualizado las 50 sombras de Dorian Gray. Lo mismo de siempre, pero con esposas. Así podrá hablar de juguetitos con las amigas... »

Según la guru de Recursos Humanos de una famosa cadena de librerías, está marketicamente demostrado, ¡eureka!, que los últimos capitalistas han creado una misteriosa hermandad cuyo objetivo es dejar perplejo al vendedor e invitarlo a reflexionar sobre el sentido de su vida profesional. Lo siguiente se repite al principio de cada curso.
—¿Tienen el libro de lengua?
—¿Cuál?
—El del tercer trimestre.
—¿De qué curso?
—Uuumm... No sé. ¿Segundo... tercero...? —reflexiona la filósofa en voz alta.
—¿Sabe la editorial? —ataja la librera.
—Pues no. Pero... ¿qué libros tiene?
«Señor librero, señor librero…»
«Dígame, ¿qué libro desea?»
«Uuumm... ¡No sé! ¿Qué libros tiene?»

Un cliente sospechoso de hermetismo llama por teléfono varias veces al restaurante de un hotel. Su cuestión siempre es la misma, en diferentes variaciones, como Gould:
—¿Aceptan pago con tarjeta?
—Sí, claro.
—¿American Express?
—Sí, señor; American Express también.
Seguidamente se oye un clic. El interesado ha colgado. Ni «Gracias» ni «Adiós» como en las películas americanas. Cuenta la leyenda que, al otro lado de la línea, la maitre sigue petrificada, teléfono en mano y telarañas.
Han pasado muchas lunas y allí nadie ha querido pagar con ese tipo de tarjeta. No es necesario elucubrar. Era un peripatético zen, de ésos que plantean preguntas sólo para hacer pensar. Se parecen a los chavalines que llaman a un número cualquiera, preguntan tonterías y seguidamente cuelgan. Pero sin risas.

Aparte de no tener sentido del humor, estos peripatéticos sólo gustan de preguntar; no buscan respuesta ni solución. Lo importante es el planteamiento retórico —y marear—, ya que en su cerebro no quedan, o están fritas, neuronas-sillitas para alojar respuestas. Sólo les da para un chisporroteo inicial. Y para largarse por la puerta.

—¿Tenéis libretas de espiral? —pregunta una peripatética en el establecimiento Sólo Libros.
—No. Esto es una librería. Tiene que buscarlo en una papelería.
—Me han dicho que viniera a una papelería.
—Ya. Pero esto es una librería.
—Ah, bueno. ¿Y hay otra librería por aquí cerca?
La dueña se ha quedado filosofando con una extraña coloración en la cara, tono rigor mortis.
—Por cierto —añade la peripatética desde la puerta—, ¿sigue perteneciendo esta juguetería a la misma organización religiosa?
El espectro de la librera se ha agarrado con tanta fuerza al mostrador que los nudillos se le han puesto fosforescentes. A punto ha estado de incendiarse como un fuego fatuo, pero finalmente ha decidido volver a la vida con un buen Orfidal y ponerse a devolver libros. Life goes on.
Después dicen que la venta de ansiolíticos se ha disparado... Con tanto peripatético rondando por las tiendas, muchos dependientes no se drogan con potentes tranquilizantes, es que no quieren liarse a cavar tumbas como en el Salvaje Oeste. Bastante con mover cajas. Ahora sólo falta que por la puerta de la librería asome la cabeza de otro despistado preguntando por el baño, si hacen fotocopias o si tienen candelarios.
«¿Qué haces en ese momento, le descerrajas el melón de un disparo o te cortas las venas con un polvorón? », me pregunta la librera.

A continuación, un filósofo hermético, de los ultras.
—¿Me da su nombre para hacerle el pedido?
—Yo nunca doy mi nombre —responde con rotundidad.
«Entonces ¿qué nombre anotamos?, ¿señor Misterioso? ¿Cliente anónimo?», se pregunta quien lo atiende.
—¿Y una dirección?
—Yo nunca doy mi dirección —replica Harry el Sucio.
—¿Y apartado de correos tiene?
—¡No! —dice el vozarrón.
—Pues me temo que no se lo podemos enviar…
—¡Así va España! —grita Harry Torrente—, ¡llena de emigrantes porque aquí nadie quiere trabajar!
El vendedor se plantea lo mismo que tantos como él: «¿Y por qué iba yo a evitarme una venta?»
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